jueves, 3 de julio de 2014

¡VIVA SAN FERMIN!

LOS SAN FERMINES Y LA PAMPLONA DE HEMINGWAY
Un muchacho de blusa azul, faja roja, alpargatas blancas y la inevitable bota de vino colgada al hombro, tropezó cuando iba embalado por entre las vallas. El primer toro bajó la cabeza y le dio una sacudida, lanzándole a un lado. El muchacho fue a chocar contra los maderos y quedó allí tendido, pasando la torada junto a él. La multitud chilló.

Así, de esta manera, Ernest Hemingway comenzaba, sin él saberlo, a dar a conocer a todo el mundo cómo eran los Sanfermines, las corridas de toros y, sobre todo, el encierro pamplonés. Él marcó su propio estilo literario, frecuentemente exagerado y tremendamente sensacionalista en la mayoría de las ocasiones. Sin ir más lejos ese mismo año escribía en el Toronto Star:
En Pamplona, donde tienen seis días de toros cada año, desde el 1126 de la era cristiana, y donde los toros corren por las calles de la ciudad a las seis de la mañana, con la mitad de la población corriendo delante de ellos. (...) 
Pamplona, donde todos los hombres y jóvenes de la ciudad son toreros amateurs y donde hay una lidia amateur cada madrugada que es esperada por 20.000 habitantes, en la que los toreros amateurs van todos desarmados y donde hay una lista de accidentados por lo menos igual que en una elecciones en Dublín. (...).

Las calles eran una masa sólida de gentes danzando. La música era algo que golpeaba y latía con violencia. Todos los carnavales que yo había visto palidecían en su comparación. Un cohete reventó sobre nuestras cabezas con una explosión radiante, y la caña cayó a nuestros pies zumbando. Los danzantes, repiqueteando los dedos y llevando un ritmo perfecto entre la multitud, chocaron contra nosotros antes de que pudiéramos descargar las maletas del autobús   







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