viernes, 9 de enero de 2015

MARGARET KEANE, BIG EYES


'Big Eyes', de Tim Burton, devuelve a la actualidad al matrimonio Keane. Durante décadas, él se llevó todo el crédito por los cuadros de ella, enormemente populares entre las estrellas de cine.

 

 El discurso naíf y la dulce cadencia con la que habla Margaret Keane contrasta con las turbulencias que sellaron su existencia hasta el día en que se hizo testigo de Jehová, a principios de los setenta. Antes tuvo que escapar de un infierno matrimonial que la convirtió en pintora en la sombra mientras su marido, Walter Keane, se atribuía el éxito de sus cuadros (firmados como Keane, a secas). Durante algo más de una década se convirtió, literalmente, en prisionera de su éxito. Él la confinó en casa a pintar, mellando su autoestima. “Walter era un genio del marketing y la autopromoción, pero un mal hombre”, relata. “Yo era extremadamente introvertida y solo me hacía feliz pintar. Y se aprovechó de eso. Antes de salir de casa me decía cosas como ‘estás horrible’, o, si teníamos una cita, ‘estás mejor con la boca cerrada’. Pasaba los días encerrada en casa. Tardé un par de años en darme cuenta de lo que estaba haciendo. Una noche fuimos a un club de jazz donde él vendía los cuadros. Con su ritual habitual, me dijo que me quedara en un rincón y que no hablara con nadie para no avergonzarnos. Hasta que alguien se me acercó, la conversación derivó a la pintura y me preguntó: ‘¿Así que tú también pintas, como Walter?’. Ahí estábamos, en un bar lleno de pinturas mías. Me sentí humillada”.
Joan Crawford
Natale Wood
Cuando plantó cara a su esposo y le amenazó con marcharse, él le imploró que le enseñara a pintar. “Lo intenté, sin ningún éxito. Sus talentos eran otros”. Había conseguido colocar sus obras entre algunas de las estrellas de Hollywood. Joan Crawford, Kim Novak, Natalie Wood o Jerry Lewis formaban parte de su cartera de clientes. Incluso llegó a enviar una pintura suya a los infantes John Jr. y Caroline Kennedy a la Casa Blanca.

Los cuadros de Margaret se tornaron más oscuros. Niños llorosos en callejones nocturnos o asomando escondidos de cajas. “Eran una traducción de cómo me sentía”. Walter la amenazó con que la mataría a ella y a su hija (fruto de un matrimonio anterior de Margaret) si osaba revelar la verdad. Ella reunió valor y puso un océano de por medio. Dejó California para instalarse en Hawai en 1965, donde había pasado su luna de miel con Walter.
Le quedaba otra guerra por librar: la recuperación de la autoría de sus cuadros. Walter aún paseaba por ahí dándoselas de artista. Para entonces, las galerías populares y los grandes almacenes despachaban millones de pósteres y platos reproduciendo sus imágenes. En una entrevista con la revista Life proclamó que ni Rembrandt, ni El Greco, ni Miguel Ángel pintaban los ojos mejor que él. Harta, Margaret confesó en una entrevista radiofónica, en 1970, que los cuadros los pintaba ella y, por consejo de un reportero del San Francisco Chronicle, lo retó a un concurso de pintura en público en la Union Square de San Francisco. Él respondió demandándola -el juez lo desestimó por ausencia de pruebas- y ausentándose 12 años a Europa.

A mediados de los ochenta reapareció, asegurando en una entrevista en USA Today que si Margaret se adjudicaba la autoría era porque pensaba que él había muerto. Fue la gota que colmó el vaso. Esta vez le demandó ella por difamación. Hacía 20 años que no se veían las caras. Él tenía 70 (falleció en 2000), ella, 58. El proceso duró cuatro semanas. En 1986, un juzgado de Honolulu, Hawai, fue escenario de un momento más propio de un talent show que de un tribunal. El juez pidió a las dos partes enfrentadas que pintasen un cuadro ahí mismo, delante de él. No uno cualquiera, sino un retrato de un niño triste con ojos enormes. La acusación lo logró en 53 minutos. El acusado dijo que en ese momento no podía, que le dolía el hombro. Con eso quedó todo claro: los famosísimos y muy lucrativos cuadros firmados como “Keane”, no eran obra de Walter Keane, como él llevaba décadas asegurando, sino de su entonces ya ex esposa, Margaret, víctima principal de una de las estafas más sonadas del mundo del arte.  Walter fue condenado a pagar a Margaret cuatro millones de dólares por daños morales y psicológicos. “Por supuesto, jamás vi ni un céntimo, pero yo no aspiraba a eso. Tan solo quería que el mundo supiera que esos eran mis cuadros”.

La película Big Eyes, de Tim Burton,  con Cristoph Waltz y Amy Adams en los papeles protagonistas, vuelve a contar la alucinante historia de este matrimonio y es también el reencuentro definitivo de Hollywood con los Keane. Burton lleva décadas coleccionando keanes y ha explicado en muchas ocasiones que creció rodeado de ellos. “Eran nuestra idea del arte, para gente que nunca había entrado en un museo”. En la California de finales de los años 50 y principios de los 60, en la que se crió Burton, para las clases medias y populares el arte era sinónimo de esos cuadros de niños con ojos implorantes.

Poco les importaba a sus fans que los críticos los machacasen. América, primero, y Europa después se enamoraron de esas criaturas indefensas vestidas a veces de payaso o de bailarina y el impostor Walter pudo llevar en los 60 la vida que siempre quiso, con una mansión “en la que siempre había al menos tres personas desnudas en la bañera”, según declaró, mientras Margaret pintaba 16 horas al día en una habitación con las cortinas corridas.

Burton ha contado que le atrae esa polarización, el hecho de que los mismos cuadros fuesen amados y odiados: “Es algo que he experimentado yo mismo”. Antes de embarcarse en el proyecto de Big Eyes, el director le encargó a Margaret –que ahora tiene 87 años, vive en San Francisco y se dedica a expandir la fe de los Testigos de Jehová– retratos de toda su familia. La artista pintó a su mujer, Helena Bonham-Carter, con su hijo Billy en brazos y al propio Burton como una especie de nube negra en una esquina del retrato. En los 90 Burton también quiso que su primera esposa, la modelo Lisa Marie, pasase por el filtro Keane. A ella, Margaret la retrató sosteniendo a su chihuahua Poppy, el mismo que aparece en Mars Attacks.
Margaret Keane con Amy Adams
En el Museo Provincial, desde 1971, se custodian las dos únicas obras de la pintora existentes en las colecciones públicas de España. “estos dos retratos ocupan  el  Espacio Dedicado, en el que, durante seis meses, resaltamos alguna de nuestra obras”, explica la directora. “Era una manera de atraer tanto a los amantes de la pintura como del cine”, añade. Estas dos obras recalaron en la capital jiennense en 1971, como depósito del Reina Sofía. Son Fuera, en la oscuridad o Niña con gatos y Doble dibujo, con firmas diferentes, una Keane y otra con las iniciales de la pintora de soltera.

Según el Hollywood Reporter, en los últimos meses los precios de los originales se han disparado, con algunos cuadros de los 50 y 60 vendiéndose por unos 18.000 euros. 

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