En tiempos antiguos no quedaba más remedio que acudir al campo de batalla para lograr una observación directa de un héroe. Luego la literatura se encargó de ensalzar, con mejor o peor pluma las gestas. Hoy bastan, para la misma experiencia, los deportes colectivos y el periodismo, y en primera línea en la zona geográfico-cultural donde vivimos: el futbol. Su poder simbólico es enorme. Al fin de cuenta un partido consiste en la escenificación de una batalla de acuerdos a unas reglas determinadas, todo ello dirigido por un juez. Sentido, componente, lenguaje; todo es bélico. Aquí la defensa, ahí el ataque y en ambos la estrategia. A un lado el vencedor, al otro el derrotado, todo ello se dirime en un campo de batalla bien definidos los equipos y bien uniformados. En medio las banderas, los vítores, la aclamación del héroe, dos estrategias, un desenlace y un trofeo, que recoge el capitán del equipo vencedor. Para la afición supone un antídoto contra su día a día y sus frustraciones, un acto de pertenencia al grupo “hemos ganado”, un trago de patriotismo. Hoy júbilo, mañana llantos.

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